Si no te asusta la sensación de estar físicamente solo no encontrarás un lugar mejor en el tiempo que aquel en donde el reloj camina más allá de la media noche.
En la víspera de otro lunes, casi todos los que desconocen este placer y resignados a la evidencia de tener que cerrar los ojos a la semana anterior, ya duermen. Pero tú esperabas este momento, como yo; esperábamos este paraíso de silencio en mitad de este ruidoso planeta.
Es el momento entonces de hacer todas aquellas cosas que deben hacerse sin interrupción, de encontrarse con uno mismo, de hablarse, de mirarse a los ojos, de sentir la vibración del mundo que late sin excusas.
Si tú, en el instante en que escribo, te hallas como yo al pie de una ventana tal vez decidas acompañarme y tras recorrer con la mirada el marco metálico que sostiene el vidrio, te asomes conmigo a la calle.
Apóyate junto a mí sobre la repisa de esta ventana que ahora es nuestra, pero con los ojos cerrados, descubramos poco a poco que hay más allá de la promesa de nuestros cuatro muros.
Concéntrate primero en tus oídos y siente como el silencio no existe estrictamente. Percibe ese sonido blanco que sostiene a todos los demás como el agua que fluye transportando las hojas, los sedimentos y la vida. Este sonido puede llegar a ser ensordecedor si reparas en él, pues como todo aquello a lo que prestas atención, crece.
Deja a continuación que el aire se adentre en la penumbra de tus fosas nasales y atrapa a todos los olores que transporta. Siéntelos, sepáralos uno a uno e intenta pensar a que te recuerdan.
Traga saliva después y concéntrate en todos los restos que quedan en tu boca. Los alimentos que ahora rellenan tu estómago dejaron su huella en el paladar mezclándose con tus propios fluidos. Recógelos uno a uno, explora todos los rincones de la boca con tu lengua arrancando cada jirón de comida que se resiste a edificar tu cuerpo. Invítalos a ocupar un sitio en el estómago, pero antes archiva a mano su sabor.
Sígueme ahora en el ejercicio de empezar a imaginar como es el paisaje que hay más allá de este rectángulo y reuniendo la información que tus oídos, tu nariz y tu lengua te dieron, construye el mundo en tu mente como si hoy hubieras llegado a él por primera vez.
Por último llega el mejor de todos los momentos. Ahora solo tienes que separar poco a poco el velo de tus párpados para abrir los ojos de par en par, sin prisa ni miedo ¿Puedes sentir esa sensación de vértigo e inmensidad de aquel a quien sueltan en mitad del espacio? Si es así, llegados a este punto ya estás preparado para enfrentarte a lo desconocido, ya eres digno de contemplar la belleza de la noche, mientras casi todos duermen, en este momento en que tú y yo, despiertos al final de esta página, somos uno.
nueve
